Resulta ciertamente difícil escribir una crónica (o así) después de haber vivido, por cuarta vez en mi caso, un nuevo concierto de Phil Cunningham y Aly Bain.
Podría empezar alabando el endiablado virtuosismo de estos dos genios, lo que demostraron sobradamente en sus respectivos solos, y la sensibilidad y elegancia de sus baladas, capaces de conmover al más inerte. Pero sería imposible no quedarse corto.
Otra opción sería transcribir alguna de las innumerables bromas y anécdotas que se sucedían entre canción y canción, haciendo gala de un entrañable sentido del humor que ya es marca de la casa y que se ha convertido en una parte esencial de sus actuaciones. Pero contado por mí y fuera de contexto no tendría ni una décima parte de gracia, desde luego.
Sin duda no podría faltar una referencia al momento más emotivo de la noche, cuando Phil interpretó el tema dedicado a la memoria de su hermano Johnny, el genial violinista tristemente fallecido hace apenas año y medio. Pero una sola nota de ese tema es un homenaje infinitamente mayor que todas estas torpes palabras.
Por todo esto creo que lo mejor será no escribir nada, sino simplemente recrearse en los recuerdos. Ayudado tal vez por estas fotos, aunque no representen más que un vago reflejo de lo allí vivido.