Resulta ciertamente difícil escribir una crónica (o así) después de haber vivido, por cuarta vez en mi caso, un nuevo concierto de Phil Cunningham y Aly Bain.
Podría empezar alabando el endiablado virtuosismo de estos dos genios, lo que demostraron sobradamente en sus respectivos solos, y la sensibilidad y elegancia de sus baladas, capaces de conmover al más inerte. Pero sería imposible no quedarse corto.
Otra opción sería transcribir alguna de las innumerables bromas y anécdotas que se sucedían entre canción y canción, haciendo gala de un entrañable sentido del humor que ya es marca de la casa y que se ha convertido en una parte esencial de sus actuaciones. Pero contado por mí y fuera de contexto no tendría ni una décima parte de gracia, desde luego.
Sin duda no podría faltar una referencia al momento más emotivo de la noche, cuando Phil interpretó el tema dedicado a la memoria de su hermano Johnny, el genial violinista tristemente fallecido hace apenas año y medio. Pero una sola nota de ese tema es un homenaje infinitamente mayor que todas estas torpes palabras.
Por todo esto creo que lo mejor será no escribir nada, sino simplemente recrearse en los recuerdos. Ayudado tal vez por estas fotos, aunque no representen más que un vago reflejo de lo allí vivido.
Este inglés, aunque geográficamente casi escocés, llegaba como sustituto de última hora de un nuevo concierto suspendido de esta gafada edición de Musiketan; y es que con éste ya son tres los conciertos que han debido ser modificados por diversos motivos. Si sumamos a esto que la afluencia de público no era ni de lejos la mejor de la temporada, todo parecía indicar que nos encontrábamos ante una velada un tanto fría.
Martin, sin embargo, no se dejó contagiar por todo esto y desde el primer momento hizo que el público se implicase de lleno en su espectáculo. Arrancó con un tema rápido, demostrando ya desde el principio su maestría en la guitarra, para seguir después con otro lento, haciendo gala de un estilo claro y cristalino. Su versatilidad de registros nos llevó desde los sonidos folk o blue grass al jazz, visitando incluso la bossa nova en uno de sus temas. Aunque lo que fue definitivo para que el público se implicase de lleno fue la cercanía de Martin durante toda la noche, dirigiendo continuos guiños y bromas al público, intentando hacernos traducir a euskera una de sus canciones sobre la marcha o haciendo que encendiesen las luces de la sala para vernos las caras. Caras que sin duda siguieron siendo sonrientes bastante tiempo después de la hora y media escasa que duró la actuación.